Responde rápido: ¿Cuánto es dos más dos? Muy fácil, ¿no?
Ahora responde rápido: ¿Cuánto es diecisiete por veinticuatro? Hmmm… se ha complicado un poco la cosa, ¿no? ¿Sabes por qué?
Cuando te pregunto cuánto es dos más dos, tu mente responde automáticamente: cuatro. Ya has escuchado esa pregunta muchas veces en la vida y tu cerebro coge un atajo para responder casi involuntariamente.
Pero cuando te pido que multipliques diecisiete por veinticuatro, tienes que pararte a pensar y hacer la cuenta. Sólo después puedes responder: cuatrocientos ocho.
Nuestro cerebro tiene esas dos formas de pensar: una rápida y otra lenta. Una no es mejor que la otra. Pero, si a la hora de tomar decisiones sabes cuándo usar la forma rápida de pensar y cuándo usar la forma lenta, eso puede marcar toda la diferencia en los resultados que obtendrás en la vida.
En el Resumen Arata de hoy vamos a ver las ideas del libro Pensar rápido, pensar despacio este enlace, escrito por Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía de 2002.
Conociendo esas dos formas de pensar, vas a saber cómo tomar mejores decisiones, evitando pensar rápido cuando tendrías que pensar despacio y viceversa.
Atención: esto sólo es el resumen de un libro. Lee el aviso completo antes de continuar.
1. Tu cerebro tiene dos sistemas: uno de asociación rápida y otro de capacidad máxima.
Hay dos sistemas en tu mente.
El primer sistema es el pensamiento rápido. Opera con poco esfuerzo, de manera casi involuntaria. Cuando te pregunto cuánto es dos más dos, tu cerebro piensa en la respuesta “cuatro” aunque tú no quieras.
El modo rápido de pensar se usa todo el rato. Es la forma que tiene el cerebro de entender cosas como frases simples, la distancia entre objetos, o la emoción que pasa por la expresión facial de una persona.
Imagínate a un conductor con mucha experiencia en una calle vacía. Aunque conducir sea una actividad compleja que exige que el conductor mire a la calle que tiene delante, mire por los espejos retrovisores, coja el volante, pise el freno, el acelerador… el cerebro de un conductor con experiencia lo ha hecho tantas veces que ahora opera casi automáticamente. Es capaz de tener una conversación, cantar o reflexionar sobre la vida mientras conduce por una calle tranquila.
El segundo sistema es el de pensamiento lento. Cuando te pregunto el resultado de diecisiete por veinticuatro, tu cerebro no tiene un atajo listo para dar la respuesta. Es probable que nunca antes hayas oído esa pregunta. Entonces tu cerebro tiene que parar, pensar despacio y hacer la cuenta para llegar al resultado.
El segundo sistema es activado por demandas que le exigen a tu mente esfuerzo y atención.
Para quedarnos en el mismo ejemplo, piensa ahora en alguien que está aprendiendo a conducir. Necesita la máxima concentración para no estrellarse. Tiene que mirar la carretera, tener coordinación en los pies para apretar los pedales correctos, usar las manos para girar el volante, mirar por el retrovisor de vez en cuando para ver lo que están haciendo los otros coches, prestar atención a todo lo que ocurre alrededor…
El primer sistema es el modo rápido de pensar. El segundo sistema es el modo lento. Y esas dos formas de pensar dependen la una de la otra. El primer sistema crea sugerencias, emociones e intuiciones para el segundo sistema. Si el segundo sistema las valida, esas intuiciones se transforman en creencias y esos impulsos se convierten en acciones pensadas.
El secreto para tomar buenas decisiones es saber cuándo usar el primer sistema y cuándo el segundo. Si te encuentras en una situación que exige una respuesta rápida y tu cerebro entra en el modo lento, puedes perder una oportunidad. Pero si la situación exige calma y reflexión, pero tú tomas una decisión rápidamente basándote en la intuición y la emoción, puedes tomar decisiones equivocadas.
El primer sistema opera automáticamente. Acción, reacción. Por eso son tan frecuentes los errores a la hora de tomar decisiones. Esos errores se llaman sesgos cognitivos y son difíciles de prevenir completamente. Aun así, puedes reducir esos errores si aprendes a reconocer con qué sistema está operando tu cerebro.
El objetivo es que identifiques las situaciones en las que eres más propenso a equivocarte. Así podrás evitar esos errores, especialmente en decisiones que pueden tener un gran impacto en tu vida.

2. El modo rápido de pensar domina la mayor parte del tiempo y hace que tu cerebro ahorre energía.
Si te paras a pensar, vas a ver que resuelves la mayor parte de la vida en modo automático. Pasas casi todo el tiempo respondiendo a las necesidades cotidianas rápidamente usando el primer sistema.
Te despiertas y tienes que decidir salir de la cama. Tienes que decidir qué desayunar. Qué ropa llevar. A qué hora vas a salir. La próxima tarea que tienes que hacer en el trabajo. La hora a la que vas a parar para comer. Qué vas a comer. Y todos los demás detalles del día.
Son pequeñas decisiones constantes tomadas en modo automático. Todo lo que tu cerebro está acostumbrado a hacer lo procesa el primer sistema. Esas respuestas habituales ayudan a tu cerebro a ahorrar energía.
Pero, ¿qué pasa cuando estamos ante decisiones difíciles? Cuando hay problemas complejos, el primer sistema intenta sustituir la dificultad por algo más fácil. Eso es lo que llamamos heurística.
La heurística es un método para resolver problemas nuevos basándose en la resolución de problemas anteriores. Una respuesta basada en la heurística normalmente es satisfactoria aunque no sea perfecta.
Por ejemplo, imagínate que eres un inversor y tienes que decidir qué acción comprar.
La lógica consistiría en tomar esa decisión basándote en el segundo sistema, en el modo lento de pensar. Como inversor deberías hacerte la siguiente pregunta: ¿merece la pena comprar la acción de esa empresa ahora y por ese precio? ¿Los números indican que ese número va a subir a medio y largo plazo? ¿Es mejor invertir en esa acción o en otra empresa?
En vez de eso, el primer sistema sustituye esa pregunta compleja por otra heurística mucho más fácil: ¿Cuánto me gusta esa empresa?
Las preguntas heurísticas ayudan a navegar por las dificultades de la vida. Pero si una persona siempre evita pensar despacio, termina aceptando respuestas simplonas para preguntas difíciles. El resultado es una vida más difícil que si esa persona se hubiese parado a pensar con el segundo sistema a la hora de tomar decisiones complejas.
3. Conocer la heurística y los sesgos cognitivos más importantes te ayuda a evitar errores a la hora de tomar decisiones.
Todo el mundo usa la heurística. Todo el mundo tiene sesgos cognitivos. Todo el mundo quiere encontrar una respuesta rápida y fácil a los problemas difíciles.
Por más atento que estés y más consciente que seas, tu cerebro va a buscar atajos para encontrar la solución más rápida. El modo rápido de pensar forma parte de nuestra evolución como animales. Nuestro organismo evolucionó con la misión de ahorrar energía para sobrevivir.
Eso no significa que tengas que ser un rehén del modo rápido de pensar. Para escapar de las respuestas fáciles, identifica la heurística y los sesgos cognitivos más importantes. Teniendo ese autoconocimiento, cuando te pilles usando esos atajos, puedes parar, respirar y pensar despacio para tomar la decisión correcta.
Por ejemplo, un sesgo importante que dificulta la toma de decisiones es el sesgo de confirmación.
El sesgo de confirmación es nuestra tendencia a interpretar información de modo que confirme las creencias que ya tenemos en la cabeza.
Imagínate a un vegetariano y a otra persona que ha adoptado la dieta carnívora. El vegetariano va a buscar información que confirme su creencia de que eliminar la carne de la dieta es mejor para la salud. Sin embargo, el que sigue una dieta carnívora va a encontrar estudios que dicen lo contrario.
Eso ocurre porque prestamos atención de forma selectiva y nos fijamos en los datos que encajan con nuestra visión del mundo. Y, aunque sea de forma inconsciente, también dudamos de lo que no se corresponde con nuestras creencias.
Otro sesgo importante es nuestra tendencia a creer que lo que vemos es todo lo que existe. Cuando pensamos en el modo rápido, no tenemos en cuenta la totalidad de datos y alternativas que existen. Eso nos hace tomar decisiones a partir de un juicio superficial e incompleto.
Y este tipo de juicio nos lleva a otros errores, como a la falacia de planificación y a la falacia del costo irrecuperable.
La falacia de planificación es el error de subestimar la cantidad de tiempo, energía y dinero que va a consumir un proyecto. ¿Sabes cuando vas a empezar una obra en tu casa y planeas gastarte dos mil en dos meses pero acabas gastándote diez mil en una obra que se alarga más de seis meses? Pues esto es un ejemplo de falacia de planificación.
Sin embargo, la falacia del costo irrecuperable es cuando sigues invirtiendo en un proyecto aun cuando se hace evidente que no va a salir bien. Ya has invertido tanto en el proyecto que eres reacio a renunciar a él. Pero si tuvieses una visión más amplia y tuvieses en cuenta el costo de oportunidad, probablemente ya habrías abandonado el proyecto.

4. Pensar con números ayuda a evitar respuestas fáciles, rápidas y, muchas veces, equivocadas. Aun así, los números pueden engañarte.
Si incorporas números complejos en tu proceso de decisión, obligas a tu cerebro a activar el segundo sistema y empiezas a pensar más despacio.
Pero hay sesgos cognitivos que pueden inducirte a interpretar mal lo que quieren decir los números.
Un ejemplo de esto es la ley de los números pequeños. El primer sistema tiende a sacar conclusiones precipitadas cuando recibimos información con pocos datos. Es lo que las estadísticas llaman muestra pequeña. Y las muestras pequeñas de datos pueden confundir porque muestran resultados extremos más frecuentemente que las muestras de datos grandes.
Otro tipo de error es ignorar la regresión a la media. Ya hablamos sobre la regresión a la media en el episodio 161 de la serie ¡Hola! Seiiti Arata este enlace. Cuando lo que define los resultados son factores aleatorios, hay una tendencia estadística a que todos ellos vuelvan a la media. Quien tiene suerte hoy puede sufrir en el futuro. Y quien tiene resultados malos hoy puede tener resultados buenos en el futuro. No hay una razón específica. Es aleatorio.
Aun así, tu cerebro va a establecer relaciones de causa y efecto superficiales para explicar por qué los resultados han mejorado o empeorado. Esa es la falacia de la narrativa. Creas historias coherentes para justificar algo que es aleatorio y ganas la falsa confianza de que puedes prever resultados futuros.
¿Quieres otro ejemplo de cómo engañan los números? ¿Sabes cuando descubres algo carísimo y luego encuentras ese mismo producto con un pequeño descuento? Sigue siendo caro. Pero, cuando lo comparas con ese precio DESORBITANTE, el primer sistema te engaña, porque piensa rápidamente y cree que es un buen precio.
Eso se llama anclaje. Es una estrategia que les resulta muy útil a los publicistas para hacerte comprar productos y servicios por un precio alto. La primera impresión es la que se queda e influye en tu decisión, especialmente cuando decides en un impulso, sin pensar con calma.
El sesgo de disponibilidad hace que las emociones pesen demasiado. Los datos fríos y racionales están infravalorados, mientras que las emociones se sobrevaloran en nuestro proceso de decisión. Tendemos a usar creencias y estereotipos aunque vayan contra las estadísticas.
5. La ilusión de que somos seres racionales nos lleva a tomar decisiones equivocadas.
En el siglo dieciocho, cuando el capitalismo industrial empezaba a evolucionar, hubo varios estudios que definieron a los consumidores como seres racionales y al mercado como algo altamente eficiente.
La Teoría de la Utilidad Esperada decía que somos agentes racionales que calculan la utilidad de cada situación para tomar la mejor decisión. El problema es que la Teoría de la Utilidad Esperada falló al explicar nuestra aversión al riesgo.
Imagina que estás en un experimento y tienes que elegir entre dos opciones. En la primera opción tienes un ochenta por ciento de probabilidades de ganar cien dólares y un veinte por ciento de ganar diez dólares. En la segunda opción, estás seguro de que vas a ganar ochenta dólares. ¿Qué opción elegirías?
Si la Teoría de la Utilidad Esperada realmente funcionase, la decisión lógica llevaría a la mayoría de las personas a elegir la primera opción, que tiene un valor esperado más alto. Pero la realidad es que la mayor parte de la gente prefiere la segunda opción aunque el valor esperado sea menor.
El cálculo del valor esperado es del ochenta por ciento de cien dólares, sumado al veinte por ciento de diez dólares, lo que equivale a ochenta dólares más dos dólares, que es un valor esperado de ochenta y dos dólares.
En la segunda opción, el valor esperado es del cien por cien para ochenta dólares, que es ochenta dólares. Así, matemáticamente tenemos que el valor esperado de la primera opción es superior.
El problema de la Teoría de la Utilidad Esperada es que no somos tan racionales y lógicos como imaginamos. La mayor parte del tiempo actuamos basándonos en las emociones.
Para compensar ese error, Daniel Kahneman formuló otra teoría para explicar nuestras decisiones: la Teoría de la Perspectiva. Esa teoría fue decisiva para que ganase el Premio Nobel de Economía de 2002. Es una teoría que puede ayudarte a pensar correctamente a la hora de decidir.
6. La Teoría de la Perspectiva muestra que tus decisiones dependen de tus referencias individuales.
Las decisiones no se toman sólo por los datos objetivos. La toma de decisiones se ve influenciada por la perspectiva de cambio en tus referentes. En esta perspectiva de cambio, la posibilidad de perder algo que ya tenemos, dispara emociones más fuertes que la perspectiva de ganarlo.
Hay una explicación evolutiva para eso, ya que los organismos que evitan las amenazas sobreviven más que los que buscan oportunidades. Nuestra aversión a la pérdida es mucho mayor que nuestro deseo de ganar.
Por eso en el experimento anterior la mayoría de la gente rechazaría la primera opción. En la primera opción, tener un 80% de ganar cien dólares es genial. Pero el posible dolor del 20% en el que sólo ganaríamos diez dólares crea una fuerte aversión. Si eligieras la primera opción y sólo ganases diez dólares, no sentirías que has ganado. Sentirías que has perdido los cien dólares. Además, sentirías que has perdido la oportunidad de elegir la segunda opción en la que ibas a ganar seguro ochenta dólares.
Siempre que evalúas una situación haces una comparación. Esa comparación suele ser entre tu estado actual y la perspectiva de lo esperado. Por ejemplo, imagina que esperas un aumento de sueldo al final del año. Si ese aumento no llega, te pones triste aunque en la práctica tu situación actual no haya empeorado.
El referente también influye en las comparaciones. Por ejemplo, si tienes un salario de cien dólares y recibes un aumento de cien dólares, te pones muy contento. Pero si tienes un salario de mil dólares y recibes el mismo aumento de cien dólares, la felicidad no es la misma. Cuanto más tienes, menos impacto subjetivo te trae el cambio aunque su valor siga siendo objetivamente el mismo.
7. Conocer los efectos prácticos de la Teoría de la Perspectiva te ayuda a tomar mejores decisiones.
La Teoría de la Perspectiva tiene, por lo menos, cuatro implicaciones prácticas que tienes que conocer para mejorar tu proceso de toma de decisiones: El efecto de posibilidad, el efecto de certeza, el sesgo del status quo, y el efecto marco.
El efecto de posibilidad es el sesgo de sobrevalorar la posibilidad de ganar algo.
Cuando el cerebro piensa rápido, fantasea sobre las pequeñas posibilidades de obtener ganancias desproporcionadamente grandes. Eso es lo que hace tan atractivo apostar un dólar a la lotería en la esperanza de ganar un millón, aunque estadísticamente las probabilidades sean casi nulas.
En el lado opuesto de la probabilidad, tenemos el efecto de certeza. Vamos a explicarlo con un ejemplo. ¿Qué grado de alegría sentirías ante las siguientes situaciones en que estás intentando ganar un premio que vale un millón de dólares?
1) un cinco por ciento de probabilidad de un aumento del cero por ciento
2) un diez por ciento de probabilidad de un aumento del cinco por ciento
3) un sesenta y cinco por ciento de probabilidad de un aumento del sesenta por ciento
4) un cien por cien de probabilidad de un aumento del noventa y cinco por ciento
Si eres como la mayoría de la gente, al pensar en el modo rápido tu alegría sería euforia si aumentaras de un noventa y cinco por ciento a un cien por ciento de probabilidades. Y la razón es el efecto de certeza. Ahora sabes que vas a ganar. Pero si piensas despacio, deberías darte cuenta de que con el noventa y cinco por ciento ya tenías muchas posibilidades.
Otra situación de gran felicidad es cuando, desde un cero por ciento de probabilidades de ganar, las aumentas en un cinco por ciento. La razón es el efecto de posibilidad. Antes estaba garantizado que tenías cero probabilidades, pero ahora, con un cinco por ciento de probabilidades, por lo menos puedes esperar tener suerte. Eso es lo que hace que la gente juegue a la lotería. Pero si piensas despacio, tienes que darte cuenta de que tus probabilidades son bastante pequeñas.
También hay otra situación interesante cuando aumentas la probabilidad de ganar de un cinco a un diez por ciento. En este caso decimos que las probabilidades se han doblado. Y eso también es bastante impresionante si estás pensando rápido.
La peor situación de todas es cuando aumentamos de un sesenta por ciento a un sesenta y cinco por ciento. En este caso ni tenemos certeza absoluta ni partimos de un cero absoluto… y nuestras probabilidades no se duplican. Sólo tienes un cinco por ciento más de probabilidades.
Pero ahora examina las cuatro situaciones pensando despacio, usando el segundo sistema. En todas ellas lo que pasa es exactamente lo mismo. Hay un aumento de un cinco por ciento de probabilidad. Sin embargo, nuestro modo rápido de pensar evalúa cada una de ellas de manera completamente distinta.
Interesante, ¿no? Con este ejemplo terminamos de explicar el efecto de posibilidad y el efecto de certeza. Ahora, retomemos lo que estábamos diciendo de la Teoría de la Perspectiva. Sólo quedan el sesgo del status quo y el efecto marco.
En el sesgo del status quo te gusta todo lo que has conseguido y no quieres perder lo que ya tienes aunque a tu yo del pasado le diera igual tenerlo.
Imagina la siguiente situación: tu jefe te dice que te va a ascender. Tú no habías pedido un ascenso, pero te alegra el logro. Poco después, tu jefe te dice que ha cometido un error y que le va a dar el ascenso a otro empleado. Sentirías una gran pérdida. Tu yo del pasado ni siquiera esperaba un ascenso, pero te apegaste a la idea cuando te anunciaron el ascenso y ahora, al saber que fue un error, sientes que has perdido algo.
Por último, tenemos el efecto marco. ¿Conoces esa historia de ver el vaso medio lleno o medio vacío, de que todo depende de tu punto de vista? La manera en la que enmarcamos una situación influye en nuestras emociones y afecta a nuestras decisiones.
Por ejemplo, imagínate que estás enfermo y tienen que operarte. ¿Cómo preferirías recibir la noticia sobre las probabilidades que tienes de sobrevivir? El médico podría anunciarte que tienes un noventa por ciento de probabilidades de sobrevivir o podría decirte que tienes un diez por ciento de probabilidades de morir durante la cirugía. Ambas son verdad, pero la mayoría de nosotros preferiría el punto de vista positivo y pensar que tenemos un noventa por ciento de probabilidades de sobrevivir.
8. Todos tenemos dos yos: el yo que experimenta y el yo que recuerda.
La última parte del libro trata de un nuevo foco en el trabajo de Daniel Kahneman: la felicidad. Este concepto es mucho más complejo y difícil de investigar que los conceptos económicos implicados en la toma de decisiones.
Hay dos grandes tipos de felicidad: la felicidad momentánea, definida como alegría en un momento específico; y la felicidad duradera, ese sentimiento general de felicidad y bienestar.
En otras palabras, está la felicidad que sentimos y la felicidad que recordamos. Eso hizo surgir la idea de los dos yos: el experiencial y el recordativo.
El yo experiencial responde a la pregunta ¿te está doliendo? Es ese yo el que siente dolor y placer en cada momento. Esa experiencia contínua puede ser medida mejor por la suma total de momentos de felicidad a lo largo del tiempo.
Sin embargo, el yo recordativo responde a la pregunta ¿cómo fue en general? Aquí nos encontramos a quien reflexiona sobre experiencias pasadas y hace una evaluación general de lo que recuerda.
Esos recuerdos del pasado tienen una influencia enorme en la forma en la que pensamos. Una vez que pasa el momento de tristeza o de alegría, cuando pensamos en el pasado sólo queda el yo recordativo. Por eso, el yo recordativo es el que suele tomar las decisiones que afectan al futuro.
El yo recordativo evalúa la situación de toma de decisiones de manera diferente al yo experiencial en dos aspectos, que son la llamada regla del del clímax y el final y la negligencia con la duración.
La regla del clímax y el final hace que nuestra evaluación de cualquier hecho del pasado sea determinada por el pico de intensidad de la experiencia así como por su final. No le importa mucho la experiencia media.
Imagina que eres fan de las películas de El Señor de los Anillos y decides viajar a Nueva Zelanda para ver los lugares de rodaje. Todo sale mal en el viaje: el vuelo se atrasa, pierdes la escala, tu maleta no aparece, te cancelan la tarjeta de crédito, llueve sin parar… Pero durante el viaje conoces el condado e incluso tienes la oportunidad de hablar con uno de los actores de la película, que es el pico de la experiencia. Además, al final del viaje cambia el tiempo y puedes ver algunos puntos turísticos de Nueva Zelanda.
Después, cuando el yo recordativo hace memoria de ese viaje, probablemente va a evaluarlo como positivo. Aunque el viaje fuese horrible la mayor parte del tiempo, tuvo un buen pico de intensidad y terminó bien.
Por otro lado, la regla de la negligencia de la duración de la experiencia no tiene mucho impacto sobre la manera en la que se recuerda una experiencia.
El libro menciona un experimento con más de ciento cincuenta pacientes que sufrieron un procedimiento médico doloroso. El procedimiento más corto duró cuatro minutos y el más largo duró más de una hora. Cuando tocó evaluar el dolor total, la duración del procedimiento no afectó a la percepción del sufrimiento.
Esa es la regla de la negligencia con la duración observada en la práctica: la duración de una experiencia no afecta mucho al recuerdo que se tiene sobre ella.
Damos prioridad al yo recordativo sobre el yo experiencial. Nos interesa más tener buenos recuerdos del pasado que experimentar el momento presente.
Si preguntasen a la gente si aceptaría pasar unas vacaciones agradables siempre que después tuviese que tomarse una pastilla que le haría olvidar completamente esa experiencia, probablemente la mayoría diría que no. La idea es que los recuerdos son una parte dominante del valor de las vacaciones. Por eso, lo que marca las vacaciones es el yo recordativo y no el yo experiencial.
La lección aquí es que tienes que entrenar la mente para que valore más el yo experiencial. Pasa más tiempo centrándote en las cosas que te causan placer en el momento y menos tiempo en las que te hacen sufrir. Aprende a valorar el momento presente y dale más importancia al yo experiencial, pues es una de las claves para ser feliz.
9. Cuidado con la ilusión de foco: tu humor se ve fuertemente determinado por aquello en lo que piensas.
Evaluar tu grado de satisfacción con tu propia vida y con las decisiones que tomas es un proceso difícil que sólo puede hacerse con el segundo sistema, con el modo lento de pensar.
Lo correcto sería tomar en consideración todos los factores de tu vida y dar la importancia adecuada a cada uno de ellos. Sólo después llegarías a una evaluación correcta de tu grado de satisfacción.
¿Pero acaso hacemos eso? Claro que no. En vez de eso, el primer sistema sustituye toda esa reflexión compleja sobre la satisfacción con la vida por alguna pregunta más fácil del tipo ¿cómo me siento ahora? En vez de tener en cuenta el todo, el sistema de pensamiento rápido se enfoca sólo en un punto de la vida y extrapola ese sentimiento sobre ese punto concreto a todas las áreas de la vida.
Ese es el peligro de la ilusión del foco. Un ejemplo muy claro es un adolescente que está viviendo su primer amor no correspondido. Todo el foco de atención de su mente adolescente está en ese amor no correspondido, de modo que empieza a extrapolar esa insatisfacción a todas las áreas de la vida y acaba pensando que todo está mal.
Cuando intentas prever tu felicidad en el futuro, es probable que sobrevalores el efecto que vendría con ese cambio en el que estás pensando. Imaginas que si pierdes X kilos vas a ser mucho más feliz, o que si consigues ese ascenso en el trabajo vas a ser mucho más feliz, o que si consigues comprar una casa vas a ser mucho más feliz… Esa es la ilusión del foco en acción: tu cerebro sobrevalora aquello en lo que estás concentrado.
La solución es la misma que dimos para otros puntos presentados hasta aquí: en vez de pensar rápido y llegar a conclusiones precipitadas, párate a pensar y reflexiona. Pon el segundo sistema en marcha. Sopesa todos los factores que influyen en tu bienestar. Vas a darte cuenta de que, a largo plazo, ninguno de esos cambios va a tener un gran impacto en tu felicidad a largo plazo.
Nuestro cerebro tiene dos maneras de pensar: una rápida y otra lenta, que son el primer sistema y el segundo sistema.
El primer sistema opera de manera rápida y automática con poco o ningún esfuerzo. El segundo sistema enfoca su atención en las actividades mentales que exigen más esfuerzo, lo que incluye cálculos complejos. Las operaciones del segundo sistema muchas veces se asocian a la experiencia subjetiva de actividad, elección y concentración.
No es que un sistema sea mejor que el otro, pero puedes mejorar mucho tu inteligencia a la hora de tomar decisiones si sabes reconocer cuándo debes usar el pensamiento rápido y cuándo el pensamiento lento.
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